Refugiada en la incertidumbre. Bañada en la desesperación. Secada en la rutina y la costumbre.
Yo soy el viento que baila con la inercia de la vida. Los días que hacen esquina. Tus palabras dudosas. Esa soy yo.
Un espejo roto en la basura. Una mala costura. Un temblor. Una escurridiza carrera en falso asfalto.
Camino por el fondo del océano. Escarbo. Me mancho las manos.
Encuentro algo. Mi pasaporte, pero está en blanco. Sólo aparece una fecha, caducada.
¿Será una pista? Reciclo ese pensamiento.
La película de mi vida se pasea en urbano. Me cruzo con ella. Ni me mira.
Creo recordar algo. Me agarro a ese pensamiento pero, como siempre, se escabulle entre una nube de humo. Gris. Espeso. Contaminado.
Vuelvo a caminar entre la niebla, donde los relojes están obsoletos (a Dalí le hubiese encantado).
Dentro de la tormenta se distingue un vals. Hasta en lo más lejano hay armonía.
¿¡Un rayo!? Lo persigo. Lo busco. Me busco. Me mareo al girar. Descubro que ni mi sombra me ha seguido.
Respiro. Punzadas. Dolor. Taquicardia a ritmo de vals. Me dejo llevar.
Abandonada en tierra de todos y de nadie, ocupada, en un tiempo sin medida, bajo las normas y sin control. Ahogada en una sopa de letras la cual hace sólo apenas un rato había sido un océano.
Abandonada en tierra de todos y de nadie, ocupada, en un tiempo sin medida, bajo las normas y sin control. Ahogada en una sopa de letras la cual hace sólo apenas un rato había sido un océano.