Nos mató la habitación del silencio, como a tantos prisioneros injustamente encarcelados.
Pero se nos cerró la puerta del otro lado, quedándonos atrapados. Con tiempo y sin sentencia.
Entonces se apoderó la desesperación, la ira y la impotencia. Hasta que nos dimos cuenta de que sufrir era entonces en vano. Estábamos solos; completamente abandonados. Sin normas del bien y el mal; sin ética y sin moral. Sin un lugar para desarrollar la razón, sin sentido. La cordura se hizo locura y viceversa hasta que nos aburrimos de intentar pensar después de trescientas cuarenta y siete horas mirando hacia una pared en blanco.
Nos cansamos de no encontrarnos pero eso nos recordó que en vida ya nos había pasado. Pero nos habían salvado las normas que tanto nos habíamos saltado.
Me jugaría el cuello por un sorbo de eco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario